Se acabó tu tiempo

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Se acabó tu tiempo

11 December, 2011 | 15:32 | Historia de 10 comment

Dicen que la mejor forma de saber qué tienes que hacer es definir bien dónde estás y, despúes, a dónde quieres llegar. Llevándolo al ámbito del consumo doméstico, una buena forma de saber qué pasará es ver qué está pasando ahora y qué pasó antes. O algo así. Las modas caprichosas, vaya, que hoy dictan norma y mañana condenan lo dicho. Como esos estudios médicos que hoy dicen que beber agua mineral en exceso es malísimo cuando antes era al revés. O el aceite de oliva. O la leche. Ya sabes a qué me refiero. Cosas que ayer eran básicas hoy ni las recuerdas, y cosas sin las que hoy no podrías vivir antes eran caprichos de niño rico.

Cuántos años llevaremos con la amenaza de que las hombreras vuelvan a ponerse de moda. Casi tantos como años se lleva diciendo que el año que viene “esta-vez-sí” la publicidad en internet despega y deja a la publicidad en papel a la altura del betún. Pero hay amenazas que se cumplen y ciclos que terminan. Una veintena de ejemplos bastan para darse cuenta de lo fugaz de la cultura contemporánea y de lo rápidamente que consumimos el tiempo. Y eso sólo con fijarnos en las cosas que nos rodean, los objetos y las modas contemporáneas.

Caso uno: cosas que han muerto

Han muerto los cassettes, y con ellos los trozos de celo para poder convertir cualquier cinta en algo sobre lo que grabar, y los bolis Bic usados como rebobinador manual para ahorrar pilas. Y los Walkman, esos que costaban hasta quince mil pesetas en sus tiempos. También han muerto las cintas en VHS, y con ellas los especiales de Nochevieja grabados y con los nombres apuntados en esparadrapos pegados sobre el lomo negro de aquellos ladrillos audiovisuales. Y con ellas los videoclubs (¿recordáis cuando Blockbuster anunció su cierre en España porque no podía con el pirateo? Pobres).

Murieron los ‘buscas’, que llegaron a estar de moda. Hasta Coca-Cola llegó a regalar buscapersonas. También ha muerto uno de sus sucesores, la moda del móvil pequeño: esa escalada de los fabricantes por hacer teléfonos pequeños y ligeros en los que era difícil hasta marcar un número. De eso no hace tanto. Ahora los teléfonos ya vienen sin teclado (y ahora sí es difícil escribir en ellos), pero no son pequeños, sino enormes para poder tocar toda la pantalla y navegar por la Red. Qué tiempos esos en los que estabas una semana sin recargar el teléfono porque la batería aguantaba. ¿Y qué decir del juego de la serpiente, ese que encumbró a los Nokia al top del ocio móvil?

Nada de todo eso nos queda ya.

Caso dos: cosas que están muriendo

Aún no han muerto del todo, pero están en las últimas. Sí, me refiero a los buzones de correos, esos amarillos que antes asomaban en cada esquina. Esos que tenían dos bocas, una para envíos locales y otro para lo demás. Dime, ¿cuánto hace que no vas a un estanco a comprar sellos? O mejor, ¿cuánto hace que en tu buzón no hay algo más que publicidad, facturas o cartas del banco? Con la muerte del correo postal viene también la de los penpals, esos amigos que ni eran amigos porque no les habías visto nunca. A veces les ‘conocías’ en suplementos de revistas, siempre jóvenes y buscando amigos. Era el Facebook de la época, pero sin fotos que cotillear y encima escribiendo a mano.

También están muriendo las cabinas telefónicas, esas de toda la vida que iban con monedas de cinco duros -las de antes, las grandes plateadas, no las del agujero en medio-. Sólo los inmigrantes las usan ya, y lo hacen con tarjetas para llamar a sus países, casi siempre de noche. Y no son las únicas instalaciones telefónicas que mueren: los postes de socorro que adornaban las autopistas españolas también están pasando a mejor vida (muy mítico). Guardianas en caso de accidentes en tiempos donde la cobertura no era un problema porque no existían los móviles.

Pero hay muertes aún más rápidas. ¿O es que no están muriendo también los SMS? Los amigos ahora ya no se distinguen entre los que tienen móvil y los que no, sino entre los ‘baratos’ que usan programas de mensajería instantánea o VOIP, y los ‘caros’ a quienes aún hay que avisar por mensaje. Cuando empezaron los móviles el negocio era cobrar por llamar; luego pasó a rebajar las llamadas y cobrar de verdad por los mensajes. ¿Ahora? Ahora te regalan llamadas y mensajes para que firmes tarifas planas de datos con compromisos de permanencia. Porque de la telefonía fija poco hay que decir: ahora te la regalan cuando contratas internet en casa, y pensar que antes llegaban a casa unos facturones de miedo por los que tus padres te amenazaban con cortar la línea. La telefonía fija, ella también está muriendo.

De todo esto queda poco.

Caso tres: cosas que morirán

Aún viven, pero quién sabe por cuánto tiempo. Son más un rito, una costumbre, algo que está ahí y se mantiene como por respeto. Porque aún no concebimos nuestra vida sin esas pequeñas cosas que hacen sentir que todo sigue en su sitio. Cosas como la canción del verano, esa de letra absurda y música infame. O la pegada de carteles que da inicio a la campaña electoral. Pero esa de verdad, con escoba, cubo lleno de cola y una pared vírgen. O, por no dejar la política, qué decir del Senado, de quien la mayoría de españoles no sabe ni para qué sirve, ni dónde está, ni cuántos senadores hay. Hasta la papeleta para votar es un engorro.

¿Y qué decir del Messenger? Cuántas noches habrá llenado esa campanita de que alguien te escribía, cuántos emoticonos, cuántas conversaciones sobre si el estado que habías puesto quería decir una cosa o la contraria. Cuántos ligues nocturnos a través de los muñequitos verdes. Aún vive, sí, pero le pasó como a las personas: con la edad se hizo tan complicado que todos acabaron pasando de él. Como Hotmail. O Yahoo!. Yahoo! también moriría en breve, la cuestión es ver cuánto acaban dando por él.

Todo esto va a morir muy pronto.

Caso cuatro: cosas que resucitan

La muerte no siempre es el final, al menos cuando se trata de tendencias o productos de consumo. Quién iba a decir que el reloj Casio más chungo de todos los que había iba a acabar poniéndose de moda veinte años después. Ahí está, lucido con orgullo en las muñecas de los modernos, vendido en las terrazas de los bares y los vagones del metro. Nunca un objeto de culto fue tan accesible y cercano. Por volver vuelven hasta los Mecano -o eso dicen-. Podríamos decir muchas cosas sobre esto, sobre lo que fueron, lo que son y el porqué de su supuesta vuelta, pero dejémoslo en eso: Mecano volverá. Hay cosas que no eran necesarias, y si no que se lo pregunten a Enrique Bunbury.

Bien, vale, tienes un Casio en la muñeca, te he llamado moderno y te has ofendido. Pero ese es un grado aceptable de modernidad. Ahora bien, ¿tienes una cámara lomográfica? Eso sí es el colmo de las cosas viejunas que vuelven para ser todo lo modernas que nunca fueron. Ríete tú de la vuelta del Mini, de las Scooter, de la renovada Polaroid o de Fama. Si tienes una lomográfica es que eres un moderno con carnet.

Pero si hay algo que vuelve en toda la extensión de la palabra son ellos, los zombies. Probablemente el personaje de terror más absurdo del mundo: apenas corre, no piensa, es torpe y lento, pero da miedo. Da miedo porque está muerto, porque es irracional y porque te come el cerebro -o el cuerpo entero, según versiones-. Lo zombie es un fenómeno de culto friki, con obras clásicas readaptadas a las circunstancias (que ‘Orgullo y prejuicio zombie’ sea un exitazo es para hacérselo mirar), con manuales de supervivencia al apocalipsis zombie corriendo por la Red y con cómics y series televisivas cazando cerebros incautos.

Ellos vuelven, siempre vuelven. Los sociólogos dicen que tiene que ver con los periodos de crisis, con la expresión del miedo a la masa -lo peligroso son los grupos de zombies, no los zombies en sí-, que esconden una potente metáfora sobre el vértigo al mundo moderno, voraz y alienante, y no sé qué zarandajas más. Hay uno que vuelve siempre al más puro estilo zombie, que no da miedo y que también es producto de la crisis, aunque de otro tipo: ¿qué decir de Manuel Campo Vidal, moderdador por excelencia de los -llamémosles- debates electorales?

Él es el Chuck Norris de las tendencias: no es que vuelva, es que nunca se irá. Nunca.

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