Desobediencia tecnológica: recuperar en vez de tirar

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20 noviembre, 2014

Desobediencia tecnológica: recuperar en vez de tirar

Por Mar Abad ( @marabad )

En algunos lugares del mundo las máquinas nacen con los días contados. Lo dicta un mercado hambriento que necesita producir y engullir, producir y engullir, hasta llenar el planeta de cadáveres tecnológicos. En otro lugar del mundo la lógica es la contraria. La vida de un aparato se estira hasta lo inimaginable. Es la desobediencia tecnológica frente a la obsolescencia programada. Es la necesidad de alargar la vida de los objetos frente a la bulimia del capitalismo salvaje.

Esa filosofía de estirar al máximo la duración de un objeto, en principio, puede surgir de la necesidad económica. Pero al lado se acumulan decenas de razones para detener el consumo frenético. Lo justifica un planeta al que le cuesta digerir tanta contaminación. Allá donde la economía se alimenta de vender y comprar surgen vertederos que acumulan montañas de móviles, ordenadores, frigoríficos y otros trastos que pocos años antes eran la última novedad.

Lo acreditan también millones de personas que entienden que es mejor donar que arrojar por la borda algo que ya no quiere su dueño. Y lo aclama un cierto sentido austero de la existencia como predican, desde hace siglos, grandes filosofías que recomiendan el desapego de las cosas materiales.

En Europa y EE UU asomaron las voces de la reparación y la reutilización de los objetos a partir de la desaceleración económica que produjo el terremoto financiero de 2008. Después llegó el DIY (Do It Yourself o Hazlo tú mismo) como una especie de moda hipster. Pero esto ya estaba más que inventado. La idea es muy antigua y se ha ido repitiendo en distintas épocas y lugares del mundo. Esto ocurrió antes, de forma abrumadora, en la Cuba de los años 60 y dio lugar a un concepto de vigencia eterna: la desobediencia tecnológica.

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(Imágenes: Ernesto Oroza)

El artista Ernesto Oroza lleva años documentando ese movimiento, que empezó cuando los estadounidenses se marcharon de la isla. Los norteamericanos, con su partida, se llevaron también sus tecnologías. Fidel Castro sacó pecho y pidió a los cubanos que aprendieran electrónica, ingeniería, mecánica y oficios manuales para crear sus propias máquinas.

En 1963 nació la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (ANIR) con la misión de crear tutoriales y guías para que la población pudiera reparar sus aparatos y construir nuevas máquinas con piezas de objetos estropeados. Era el comienzo de la llamada ‘tecnología del patio trasero de las casas cubanas’.

Oroza relata que, cuanto más dura era la situación económica, más se afilaba la creatividad de la población para reutilizar y reparar las máquinas con las que vivían. Esos coches de los años 50 que aún pisan el asfalto cubano, las antenas construidas de bandejas, sus vehículos de transporte llamados rikimbili

El artista cuenta en una entrevista para Hecho en Buenos Aires que «este movimiento terminó siendo una revisión radical y una puesta en cuestión de los objetos y procesos industriales desde una perspectiva artesanal». Y surgió dentro de los hogares, en el corazón de la sociedad. «Fue en el ámbito familiar donde se consolidó ese irrespeto absoluto por las lógicas autoritarias y los códigos cerrados inscritos en los objetos capitalistas contemporáneos, que son, por lo general, egoístas, excluyentes y han sido pensados para sublimar la noción de producto o mercancía, en detrimento de su función como útil».

Después de 20 años estudiando lo que él llamaba ‘objeto de la necesidad’ descubrió que el concepto estaba inventado. El constructivista y teórico del arte industrial Boris Arvatov ya lo había definido como ‘objeto transparente’. «Un objeto abierto que no esconde su código al obrero ni al usuario y que es plenamente accesible (…). Creo que a ese ‘objeto transparente’ u objeto de la necesidad es posible arribar hoy mediante las acciones que he agrupado bajo el término desobediencia tecnológica».

Esto es exactamente igual al concepto de open source o código abierto que aparece hoy, tan a menudo, asociado a la tecnología. Y es la reacción al estrecho cerco que han ido creando en todas las industrias las patentes y el copyright desde hace unas décadas.

El fundador del colectivo artístico y urbanístico Truth Behind 404, César Pérez, es partidario de la reutilización y alargar la vida de los aparatos tecnológicos «por una simple cuestión de optimización de recursos». Pero el asunto, indica, «no es tanto esa como la de quién tiene el control sobre los aparatos que utilizo. Los cubanos aún pueden reparar los coches que compraron en los años 50. Ahora ya nadie puede arreglar su coche. Estás obligado al tutelaje de la multinacional que te lo vendió. Nos han desprovisto de ese control. La gente debería tener el derecho a controlar y manipular los aparatos. Y esto vale también para el software, es la misma problemática que entre el software libre y el privativo».

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«Los dispositivos tecnológicos deben ser abiertos y accesibles para que la gente pueda manipularlos, repararlos, modificarlos, cambiar su uso, etc.», continúa César Pérez. «La obsolescencia programada no es más que una estrategia comercial de las multinacionales que quieren seguir tutelando la forma en la que consumimos productos tecnológicos. Los dispositivos tecnológicos deben ser abiertos para que sea yo quien decida cómo y hasta cuándo utilizo un aparato».

Ernesto Orozco vive en Miami, pero de 1997 a 2007 hizo varios viajes a la isla para hablar con estos ingenieros del hazlo tú mismo y para fotografiar sus máquinas. Los cubanos aprendieron a destripar todos los aparatos y a reciclar las piezas que aún servían en otros dispositivos. De toda esa sabiduría popular nació un libro, titulado Con nuestros propios esfuerzos, que recoge información para sobrevivir con lo que uno tiene cuando el mundo se cierra en los bordes de una isla. El tratado popular va desde la ‘fabricación de cabos de hacha’ a preparar un ‘bistec con toronja’.

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EL CIUDADANO FABRICANTE

Al cruzar el Atlántico las circunstancias socioeconómicas son muy distintas a las de la isla caribeña. Pero hay movimientos de consumo similares. El fundador de Ideas for Change, Javi Creus, recuerda que «tienes derecho a no comprar. No tienes necesidad de comprar mientras las cosas funcionen, independientemente de lo que piensen los demás, incluido tú, de ti mismo. Deberíamos tener el derecho a tener piezas de recambio o, al menos, a disponer de los planos de las piezas que no se fabriquen y llevarlas a imprimir a la fábrica del barrio».

Esa posibilidad de que cada individuo pueda crear sus objetos en su casa o en un centro de fabricación digital es lo que Creus reclama como el derecho del ciudadano productor. Y respecto a la extensión de la vida de los objetos, piensa que compartirlos es también una actitud política y social. «Las cosas nos llegan nuevas e impersonales. El uso las hace nuestras por un tiempo», asegura. «Prolongar ese tiempo más allá del ciclo previsto, resistir juntos a la incesante aparición de alternativas mejoradas nos hace amigos, cómplices en un resistencia pasiva, a la espera de los nuevos objetos nuevos, hechos para durar. Conduzco una moto que tiene 27 años, un coche que tiene 10, utilizo el mismo macuto en mis viajes desde hace 20 años… A mí no me preguntes».

Pero el asunto no se queda en una postura política. Hace años que surgió el debate de si este ritmo de producción y consumo es asumible en un mundo que está creando zonas donde el aire, en vez de dar la vida, la quita. Allá por China. Allá por India… Allá por muchos otros allás. «Es evidente que el planeta no puede aguantar el crecimiento demográfico con el nivel de consumo actual», asegura Albert Cañigueral, fundador de Consumocolaborativo.com. «Una de las maneras más eficientes de reducirlo es mediante la reutilización de bienes. Puede hacerse en su totalidad, recirculándolos de manera eficiente en nuestro entorno próximo (estilo Wallapop) o pensando más en el ámbito del reciclaje desde un punto de vista de la economía circular y el diseño de productos modulares, desmontables y fácilmente reparables. Veremos donde acaba pero el proyecto ARA de Google [un programa destinado a que los desarrolladores puedan construir distintos módulos y softwares para un smartphone] apunta por dónde deberían ir las cosas. En el momento que se mida el reuso en vez de la producción y la compra, estaremos en el buen camino».

Creus habla del ciudadano productor como un derecho. Pero, además, para el pensador William Morris (1834-1896), crear, inventar y diseñar es una oportunidad de gozo y autorrealización. En su ensayo El arte bajo la plutocracia, el diseñador y novelista inglés decía que «el placer que debiera ir asociado a la fabricación de todo objeto de artesanía tiene por fundamento el vivo interés que todo hombre saludable siente por una vida sana, y se compone principalmente de tres elementos: variedad, esperanza de creación y la autoestima que se deriva del sentimiento de ser útil a los demás. A todo ello se ha de añadir ese misterioso placer corporal que acompaña el ejercicio diestro de las facultades corporales».

«Respecto a la esperanza de creación, la esperanza de producir obras valiosas o incluso excelentes (…), ¿alguno de nosotros será incapaz de entender el placer que conlleva?«, se preguntaba. «No es tampoco difícil comprender que la autoestima que nace de la conciencia de nuestra utilidad debe dulcificar el trabajo en gran medida. El sentimiento de que tenemos que realizar algo, no para satisfacer el capricho de un necio o de un grupo de ellos, sino porque es realmente bueno en sí mismo, es decir, útil, ciertamente nos ayudaría mucho a soportar nuestro esfuerzo de cada día».

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El proyecto de Ernesto Oroza sobre la Desobediencia tecnológica:

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