Cartoneros, los “Juanitos” del siglo XXl

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Cartoneros-Juanitos-siglo-XXl_0_1303669636.html

Sociología. La muestra de Berni sobre Juanito Laguna en el Malba, permite repasar la percepción social a través del tiempo de quienes recolectan residuos.

Con la creación de Juanito Laguna, entre las décadas del 60 y del 70, Antonio Berni se aboca al período más innovador y provocativo de su obra, tanto en lo referente a las técnicas utilizadas para sus composiciones como a los temas elegidos y a los materiales puestos en juego para su representación. Y aquí se destaca un aspecto clave: el lugar que ocupa en la sociedad la práctica económica del cirujeo y su relación con la percepción social de los desechos. Algo que todavía se puede ver en la exhibición en el Malba: Antonio Berni: Juanito y Ramona , centrada en los dos personajes más emblemáticos y entrañables de su obra.

Juanito Laguna es, entre otras cosas, un niño ciruja: recupera con su bolsa residuos del basural, como vemos en Juanito ciruja , para luego –suponemos– venderlos y ganar unos pesos. En las últimas dos décadas, y en particular desde la crisis del año 2001, esa actividad económica tuvo un notable desarrollo en nuestro país acompañando el aumento de la desocupación. Ese desarrollo fue, a su vez, seguido de nuevas formas de nombrar a quienes realizan esa tarea: los términos cartoneros y, en menor medida, recuperadores urbanos, prácticamente desplazaron al tradicional mote de cirujas. Dado lo habituados que estamos actualmente a cruzarnos con estos recuperadores de residuos en nuestros recorridos por la ciudad, es frecuente encontrarse con comparaciones que tienden a interpretar la obra de Berni a la luz de nuestro presente, o en sentido inverso, a pensar a los cartoneros de hoy como en los “juanitos del siglo XXI”.

Pero el hecho de que tanto cirujas como cartoneros se valgan de lo que encuentran en los desechos como forma de ganarse la vida, ¿nos habilita a pensar que se trata de una misma figura urbana que ha atravesado distintos contextos históricos? Más aún: el objeto sobre el que trabajan, los desechos, ¿es en un contexto y en otro el mismo objeto? Concretamente, ¿qué similitudes y diferencias acercan/separan a los clasificadores de desechos de antaño con los de hoy? Habría que pensar esos cambios en la forma de nominación (cirujas/cartoneros/recuperadores) como expresión de transformaciones más profundas en la forma en que se percibe socialmente a quienes llevan a cabo esa labor; transformación que, a su vez, se encuentra estrechamente ligada, por un lado, a cambios en la forma en que se piensa a los desechos (o la relación que entablamos con nuestros desperdicios) y, por el otro, a lo que se espera de un “verdadero” trabajo cuando la precariedad laboral deviene la norma. Dicho de otro modo, creo que hay que tomar sin ligereza la comparación que despierta el encuentro con la obra de Berni, puesto que allí podemos ver una clave para reflexionar sobre cuestiones de gran actualidad, como el lugar que ocupan ciertas actividades laborales en nuestra sociedad o la relación de la sociedad con los desechos que produce. Por otra parte, re-situar a Juanito en su contexto permite dimensionar el carácter disruptivo y provocador de la obra de Berni, no sólo en el campo artístico sino también en el campo social.

Con la serie sobre Juanito Laguna, Berni aborda la cuestión de la marginalidad en el contexto del incremento de las villas miseria. Si bien el artista venía dando muestras de su compromiso con los sectores populares a través de obras como Manifestación o Desocupados (ambas de 1934), la serie sobre Juanito Laguna resulta particularmente reveladora en su contribución al campo de lo social al ubicar como protagonista a una figura que se encuentra en un espacio marginal respecto de lo que constituía la cuestión social de la época, estructurada en torno a la figura del trabajador industrial. En efecto, en plena era de profundización del desarrollo industrial (lo que en términos políticos se conoce como “desarrollismo” y que se caracterizó por la complejización de la industrialización comenzada por el peronismo) y de un importante movimiento obrero organizado en torno a sindicatos fuertes, Berni centra su obra en una figura que representa para la época el afuera del mundo del trabajo, la marginalidad en su forma más extrema y estigmatizada: un niño ciruja habitante de una villa miseria porteña. En él se congregan los peores temores urbanos: la infancia pobre y marginal, el ser villero y el cirujeo.

Cuando Berni realiza a su Juanito ciruja , en 1978, el cirujeo estaba prohibido en la ciudad de Buenos Aires por una ordenanza de la dictadura. Esta prohibición, que se extendió hasta 2002, no hacía más que reforzar y legalizar una larga trayectoria de estigmatización de los cirujas, así como de diversos intentos por parte de las autoridades por prohibir su labor. El rechazo que la actividad generaba se vinculaba en gran medida con la extendida aversión que provocaba el objeto de su labor, los desechos, a diferencia de lo que ocurría en el pasado.

Hay que recordar que a fines del siglo XIX existían diversos intentos de reutilización de los desechos desde una perspectiva que tendía a resaltar su potencial económico (en tanto insumo para la naciente industria o para la obra pública). En aquel entonces, había quienes promovían la separación entre “residuos” (entendidos como aquello con una posible utilidad) y “basura” (lo que quedaba luego de extraer la parte útil), y quienes –desde los sectores higienistas, por ejemplo– buscaban demostrar su peligrosidad para la salud pública. Los años 60 y 70, cuando cobra vida Juanito Laguna en la obra del artista, constituyen el momento en el que se generalizó y naturalizó esta segunda forma de percepción de los desechos, quedando la primera completamente desacreditada. Como consecuencia directa, se fue generalizando una sensibilidad social negativa hacia los desechos y una forma de relación de la población con sus desperdicios basada en la expulsión e invisibilización.

En ese marco, el lugar social que ocupaba la actividad del cirujeo no podía adquirir más que ribetes negativos: no sólo no se veía en ella ninguna utilidad social (ni por su posible contribución a la generación de insumos industriales –si bien el crecimiento de los comercios de compra y venta de esos materiales en ese período demuestra que no faltaba mercado para los productos recuperados–, ni mucho menos una utilidad ambiental, puesto que la cuestión ecológica no era aún tema de agenda) sino que además y fundamentalmente era percibida como peligrosa para la sociedad. Sumado a esta concepción patógena de los desechos, en el marco de una sociedad que se suponía integradora y con bajos niveles de desocupación, los cirujas eran percibidos socialmente como personas que “elegían” mantenerse por fuera del mundo del trabajo “digno”, suerte de auto-marginación que acercaba sus prácticas a las del mendigo, el croto, el linyera, es decir, figuras ligadas en la época a la idea de la vagancia y el no-trabajo.

Tener en mente estas cuestiones permite apreciar otras dimensiones del carácter innovador e irreverente de la obra de Berni. Con su Juanito, esa “síntesis de la chiquilinada cirujita” como lo definió, trastoca la asociación del ciruja con la marginalidad extrema, por ejemplo, señalando una continuidad con el mundo del trabajo formal: su papá es obrero metalúrgico, y Juanito va a la fábrica , como se titula una de sus obras. Por otra parte, lo saca de la invisibilidad a la que la etapa desarrollista los relegaba (al igual que a los desechos) y en cambio le otorga un lugar de centralidad como personaje emblemático de la época. Pero además, cuestionando el estigma, se ubica él mismo como un artista-ciruja: Berni recolecta residuos en los basurales y se vale de ellos para crear nuevos sentidos. Como los cirujas, reintroduce en la vida social esos elementos tan desprestigiados y temidos y los convierte en núcleo vital de su producción. Transgrede así, también él, las clasificaciones entre lo útil y lo inútil, lo sano y lo patógeno, lo limpio y lo sucio, lo bello y lo feo, y lo hace transformando la basura (percibida como lo feo, peligroso, insano, revulsivo, inútil por antonomasia) en codiciada obra de arte.

A diferencia de lo que ese acto significaba en la época de Berni, en la actualidad, en el marco de la emergencia de una “cuestión ambiental”, recuperar elementos que habían sido desechados por otros para re-utilizarlos, no sólo en obras de arte sino en una infinidad de esferas de la vida cotidiana, no tiene nada de provocativo sino todo lo contrario: reducir-reciclar-reutilizar (las famosas tres erres promovidas internacionalmente) se ha convertido en lo políticamente correcto. No sólo darle vida útil a los residuos ya no resulta transgresor sino que es lo que se debe hacer. Por otro lado, como consecuencia de los cambios acontecidos en el mercado de trabajo durante los 90, con su saldo de crecimiento en los niveles de desocupación, informalidad y precariedad laboral, la recuperación de residuos comenzó a asociarse ya no con una práctica de auto-marginación (como forma de escapar de la obligación del trabajo, como se decía de los cirujas) sino, por el contrario, con la firme vocación de trabajar –en lo que se pueda– de quienes se han quedado, por motivos que los exceden, sin otras posibilidades de empleo. Es decir, en las últimas décadas se produjo un doble proceso: por un lado, se transformó la valoración social de los desechos a partir de la configuración de una problemática ambiental y, con ella la forma en que nos vinculamos con nuestros desperdicios y, por el otro, la precarización del mercado de trabajo dio lugar a cambios en lo que puede concebirse o no como “trabajo”.

Como consecuencia de ambos procesos, comenzó a modificarse la mirada social sobre los recuperadores de residuos, inaugurando una concepción de la actividad como un trabajo que debe dignificarse a través de un reconocimiento social y una regulación pública. Es ese pasaje –que no está exento de ambigüedades, por supuesto– el que fue acompañado, como vimos al comienzo, de un cambio en la forma de nombrar a estos “trabajadores”: a sabiendas de la carga peyorativa que entraña el término “cirujas”, cada vez más se utiliza el de “cartoneros” o “recuperadores” en un intento por brindar legitimidad y dotar de dignidad a una actividad económica que ha comenzado a ser percibida como ambientalmente útil.

Hoy, Juanito Laguna nos mira desde las paredes del Malba. Afuera, los cartoneros o recuperadores de residuos se encargan de separar de las bolsas depositadas en la vereda aquellos materiales que los vecinos no han tenido a bien, como se espera de ellos, separar en sus casas para proteger el medioambiente y evitar el colapso de los rellenos sanitarios. Muchas cosas, además del término utilizado para nombrar a estas figuras urbanas, han cambiado entre la época en que Berni daba forma a su Juanito ciruja y la actual. Otras, como la existencia de esa actividad económica y las sociedades basadas en el consumo y su consecuente producción incesante de desechos, no tanto.

Sabina Dimarco es socióloga, investigadora del Conicet.

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