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African inventor makes 3D printer from scrap

Kodjo Afate Gnikou has imagination, talent and ambition.

Using rails and belts from old scanners, the case of a discarded desktop computer and even bits of a diskette drive, he has created what is believed to be the first 3D printer made from e-waste.

It has taken him several months to put together his experimental device. Lifting designs off a computer, the 3D printer produces physical objects. He shows us by “printing” a small round container.

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Un pedazo de África en el 22@

Un pedazo de África en el 22@

Decenas de subsaharianos viven del reciclaje en naves de Sant Martí

El grupo se regula con costumbres de sus países

El arte y la música, vitales para ellos

Kherebá, dentro del molde para muñecos, y Azu, que vigila para que no caiga. / ANTONIO GONZÁLEZ

Alrededor de una hoguera en un bidón metálico se calientan Bubakar y Bernard. Para que esté el consejo en pleno solo faltan Azu, Mamadu-Alí y Kherebá. Llegados de países subsaharianos, ellos fueron de los primeros en instalarse en un complejo de naves industriales del barrio de Sant Martí, convertido en una comunidad autorregulada por costumbres de sus países de origen y que mantiene una actividad febril en el reciclaje de chatarra y todo tipo de objetos, fuente de sustento del grupo.

El ritmo del día en el asentamiento ocupado más grande de Barcelona, formado por decenas de personas, lo marca el martillo contra el metal: “¡Pam, pim, pam, pim!”. A solo dos estaciones de tranvía del 22@, este vecindario amurallado se distribuye en tres calles principales, con viviendas a los lados, que forman una U.

Kherebá, senegalés, recuerda la primera vez que atravesó esta puerta: “Antes convivíamos con las ratas, era inhumano”. Tras el umbral de la puerta comienza la calle Mayor; piedras de tamaño faraónico dispuestas a ambos lados forman el camino. Necesitaron juntarse varios hombres y utilizar técnicas antiguas, como poleas y palancas, para colocarlas en la entrada de su comunidad.

La comunidad

‘exporta’ a Senegal

los electrodomésticos

que recoge en la calle

Khady Bà entra empujando un carro de supermercado cargado con cuatro bidones de 20 litros y dos garrafas llenas de agua. Tienen que ir a buscarla a una fuente cerca de la Gran Via. “Ir a buscar agua es una costumbre muy africana y este lugar es un trozo de África”, sentencia Kherebá.

Tras las piedras, lo primero que se encuentra es un ruidoso taller de chatarra. A continuación vive Mohamed Mamadu-Alí con su mujer, que es francesa. “Tendremos que ir todos a África, porque Europa está agotada”. Allí vivió la guerra de Ruanda. Ahora su obsesión es vivir en paz. Tienen una furgoneta que les costó 10.000 euros. Está casi nueva, pero como no pueden pagar el seguro, no la usan. Es su bien más preciado. La guardan dentro de casa.

En la vivienda de al lado hay un tipo alto con gafas de lupa. Espera a una mujer de 50 años con el pelo teñido de rubio. Acostumbra a leer una Biblia a un palmo de la cara y lleva el censo del lugar en una pequeña libreta. Todos piensan que es una confidente de la policía. Es la “ministra”, y su casa, “la iglesia”. Como en otras comunidades, aquí también hay tensiones. La ministra se lleva a matar con su vecino Kherebá, que vive en la última casa de la calle.

Azu observa a Kherebá jugar a las damas africanas. / ANTONIO GONZÁLEZ

Unos maniquíes de moda tuneados vigilan la casa: uno lleva una careta antigás; otro, infantil, está decapitado y le han colocado una cabeza tres tallas menor… El molde original preside la formación.

Cada vez que se cruza con alguien, Khady Bà se detiene para saludar y preguntar por la familia. “En África, no puedes cruzarte con alguien sin preocuparte por cómo está”. A veces el saludo parece un baile. Enfrente de casa de Kherebá siempre hay ambiente. Cuando hay electricidad, suena música. Es el lugar de reunión, la plaza Mayor, y su casa, algo así como el Ayuntamiento.

Alrededor de la hoguera está Bernard sentado en un banco de madera. Es el segundo del consejo y siempre está leyendo algo. A su lado charlan As y Katim. As se enfrenta a la desesperanza con una sonrisa: “La vida aquí cada día es más dura”. Hoy han salido a buscar trabajo. As es marinero y conduce camiones; Katim estudió literatura. Llevan en una carpeta sus currículos. Han visitado empresas de limpieza y fábricas, pero nadie les ha recibido. Van muy elegantes.

En la plaza Mayor hay un porche bajo con montañas de residuos. Plásticos, cristal, madera, cartón, metal… El reciclaje es su forma de vida. “Para reciclar hay que acumular”, dice Kherebá, mientras desmonta un contador de la luz. Primero ataca el cobre. A continuación separa el plástico del metal.

Las máquinas son reparadas en las naves

y enviadas en

una furgoneta

En esta planta de reciclaje también arreglan neveras, microondas, televisores… Cuando tienen suficientes, llenan una furgoneta y la mandan a Senegal para venderlos. El viaje dura seis días. Un televisor de 42 pulgadas que en Europa fue basura lo venden por 40 euros. “Lo que más urge allí son máquinas para sacar agua y refrigeradores”, explica Kherebá. “He visto barcos llenos de pesca tirarla al mar por no tener dónde conservarla”, añade.

El jefe Bubacar observa paciente. En Senegal fue campeón de lucha africana. Tiene unos 50 años y una barriga prominente. Kherebá explica que “el jefe lo es no solo por la edad, sino porque es quien más se preocupa por todos”. Sobre una mesa reposa un tablero de damas africanas.

De un televisor de

42 pulgadas tirado

a la basura pueden

obtener 40 euros

Si esta comunidad fuera un país, Kherebá ocuparía el cargo de ministro de Exteriores. Aunque en la sombra es más que eso: todas las decisiones de la comunidad pasan por él. Si alguien quiere ir a vivir allí, él debe aprobarlo; cuando la policía acude al lugar, él es el portavoz, y el intermediario cuando, como ahora, una pareja rumana trae un un carro repleto de hierros.

Cuando el trato se acaba de cerrar, por cinco euros, llega Mami. Lo primero que hace es soltar a su bebé en las manos de Kherebá para organizar su restaurante sobre ruedas. Al pequeño le encanta que lo cuelguen boca abajo y no pone el más mínimo reparo a pasar de brazo en brazo. Mami baja cada día desde Granollers, con el bebé atado a su espalda y el cochecito lleno de botellines con zumos. Los vende a un euro y son de flor de hibisco con hierbabuena y de fruto de baobab. “Hoy no llevo de jengibre, el que da más fuerza”, dice.

Tiene dos niños más en Senegal. Unos días trae para vender arroz con pescado; otros, bocadillos. Mami da de comer a unas 15 personas al día. Explica que durante el 15-M vendió 200 zumos a los indignados. Pese a que algunos dicen que Mami no es la mejor cocinera, todos tratan de que gane algo de dinero ahora que su marido la ha abandonado.

Seyni, con chaqueta roja y blanca, ayuda a reparar una bicicleta. / ANTONIO GONZÁLEZ

Leila dobla la esquina que da origen a la calle de África. En una de las naves cuelga un cartel: “se traspasa”. En ella, Paco echa la cebolla en una olla de hierro forjado. Comparte paredes con cuatro “hermanos senegaleses”. El espacio, del tamaño de un campo de fútbol sala, lo han convertido en un hogar, con un paisaje campestre en la pared y sofá, tele y cocina. Todo encontrado en la basura.

El último trabajo de Paco, hace ya mucho tiempo, fue desempozar tuberías. Antes estuvo en el restaurante Paco-Paco de Mallorca, que le dio su nombre. Él se llama en realidad Abdulai. Prefiere recoger chatarra a ser vendedor ambulante: “Era una pesadilla cómo me trataban los turistas y la policía”. Los cincos habitantes de la nave se reparten todas las labores. Cada día, uno limpia y cocina. Ponen cinco euros a la semana por cabeza y compran arroz, pasta, aceite de girasol, cebolla, ajo y patatas. Aquel al que le toca compra la carne o el pescado, “lo que sea, menos cerdo”. Hoy hay pescado.

“Lo que más urge

allí son máquinas

para sacar agua

y refrigeradores”

Desde la cocina se oyen los golpes de Ibrahima, que desmonta un motor junto a la puerta. Su delgadez parece preocupante. A cada tres golpes al martillo, se le escapa la cabeza de hierro. Para sobrevivir con la chatarra, dice, hay que trabajar desde el amanecer hasta la noche. Con suerte, logra 20 euros.

A unos metros de Ibrahima vive y trabaja Ringo. Se llama así por un amigo de su madre al que le gustaban los Beatles. Su casa, el café Tuba, es la primera parada para quien madruga. El lugar está en el otro extremo de la gran U. A esta calle la llaman de Brooklyn. Por un euro, se ofrece café caliente y un par de ceoques, unas pastas parecidas a buñuelos de viento con sabor a canela pero sin aire dentro. Ringo vuelca el cazo lleno de café mientras el Maño aguanta agachado la tela que lo filtra. El Maño se llama en realidad Hatim y se dedica a vender ropa y bisutería en la playa.

Seyni también vive en la cafetería. Las paredes son verdes y las quiere pintar con los colores de África, pero le falta el amarillo. Lleva cinco años en España y va tirando trabajando de pintor. “Cuando llamo a mi madre me pregunta si paso hambre, no quiero que me pregunte eso. Además, nunca se lo diría”. Un día, en la playa, cuando Seyni jugaba al fútbol se topó con el Maño. No se veían desde hacía 14 años. De niños eran amigos.

“El jefe no lo es solo

por edad: es quien

más se preocupa

por todos”

En las damas africanas, las piezas pueden comer hacia atrás. En la plaza Mayor siempre se puede jugar. Las piezas son azules, tapones de botellas de agua, y rojas, de cerveza de litro. El bien contra el mal. La luz y la oscuridad. El alcohol y el agua. Cuando el sol se esconde, todo se oscurece. A veces, las discusiones suenan más fuerte que la música. Las desilusiones se ahogan en cerveza. Ofrecer asiento frente a casa de Kherebá ya no es una obligación tribal.

“¡Malparit, malparit!”, le grita Azu a un gambiano que le ha insultado en su idioma, pero al que ha entendido. Azu es artista. Vive en la retaguardia, donde acaba Brooklyn, en una gran nave que usa para exposiciones y conciertos. En una sola frase, Azu habla en francés, catalán, castellano y wólof.

En la gran sala, además de tres obras de Azu, Kherebá expone sus maniquíes. Al fondo, hay un escenario donde hacen actuaciones de percusión. Al lado, una pequeña escalera de madera lleva a una entreplanta: es donde duerme Azu, sus dominios.

Inmigrantes de

otros países piden

al grupo poderse

instalar con ellos

Su vecino es Tal, que suele llegar a casa cuando todos duermen. Se mueve en silencio para evitar las discusiones que se dan cuando anochece. Su casa está al fondo de la planta baja de la primera nave de Brooklyn. Pese a todo, se siente muy afortunado: “Fui de los primeros en llegar y tuve donde elegir”.

Vicente es de Ecuador y, como otros latinoamericanos y rumanos, quiere emigrar a este pedazo de África incrustado en la vieja Barcelona industrial. Tiene 45 años. En tiempos mejores, Vicente alquilaba un estudio en L’Hospitalet por 540 euros. Ha trabajado el aluminio. Ahora está en paro. Un amigo le ha dicho que quizá podría instalarse aquí, pero que primero hablara con Kherebá.

En la plaza Mayor, Vicente espera el momento adecuado mientras Kherebá habla con alguien. Le infunde respeto. Parece un chaval antes de entrevistarse con su profesor. Le llega el turno. Conversan, sonríen. Parece que este examen lo ha aprobado.

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La basura electrónica europea ‘envenena’ los países en desarrollo | elmundo.es

La basura electrónica europea ‘envenena’ los países en desarrollo | elmundo.es.

(NOTICIA DEL AÑO 2008, PERO AÚN HOY VIGENTE)

La basura electrónica europea ‘envenena’ los países en desarrollo

Basura electrónica en Ghana. (Foto: Greenpeace)

Basura electrónica en Ghana. (Foto: Greenpeace)
Actualizado domingo 10/08/2008 08:37 (CET)
ROSA M. TRISTÁN

MADRID.- El móvil se ha quedado anticuado. Hay que cambiarlo. El ordenador ya no es el más rápido. Hay que cambiarlo. Este portátil pesa muchísimo. Hay que cambiarlo. Todos estos aparatos juntos, multiplicados por millones, suponen una ingente cantidad de basura electrónica -unos 50 millones de toneladas al año, según la ONU- que acaba, en un alto porcentaje, en los vertederos de países en desarrollo, o los llamados emergentes.

En Asia, China y la India han sido hasta ahora los países donde se ha vertido el 70% de estos desechos tecnológicos, pero en los últimos años Occidente ha encontrado un nuevo vertedero: África, y más concretamente Ghana y Nigeria. Así lo ha confirmado el informe que acaba de hacer público, en todo el mundo, la organización Greenpeace, titulado Envenenando la pobreza.

Miembros de la organización han encontrado en Ghana contenedores llenos de estos residuos procedentes de Estados Unidos, Japón y la Unión Europea, en este último caso pese a que existe una directiva dedicada exclusivamente al control de esta basura.

Los contenedores llegan a los puertos de Accra (la capital) y Koforidua, procedentes de Alemania, Países Bajos, Suiza o Corea, entre otros países. Parte del material llega desde España, porque se han encontrado teclados con la hispana ‘ñ’, según explica Sara del Río, responsable de la campaña de Contaminación en Greenpeace España.

La organización ha localizado en Accra teclados con la ‘ñ’ española en los vertederos


Son de las marcas más conocidas del mercado (Philips, Nokia, Microsoft, Sony, Canon, Siemens, etcétera) y se calcula que el 75% de los aparatos llegan destrozados, pese a que se camuflan bajo la etiqueta de bienes de segunda mano. Es más, hay quien los envía como donaciones solidarias hacia los países con menos recursos para acabar con la llamada brecha digital.

Pero lo cierto según el informe de Greenpeace, es que acaban en unas plantas de reciclaje donde el material se quema a cielo abierto y que en muchos casos los encargados del reciclaje son niños, algunos de tan sólo cinco años, expuestos a unos niveles de contaminación por tóxicos que en Europa se consideran intolerables para el organismo.

“Muchas de las sustancias que hemos detectado pueden afectar al desarrollo del sistema reproductor de los críos y otras pueden alterar su desarrollo cerebral y el sistema nervioso”, asegura Kevin Brigden, de la Unidad Científica de la organización ecologista.

Los niños de las familias más pobres vienen del norte de Ghana y van a la ciudad a vender el 'material' recogido. (Foto: Kate Davison | Greenpeace)

Los niños de las familias más pobres vienen del norte de Ghana y van a la ciudad a vender el ‘material’ recogido. (Foto: Kate Davison | Greenpeace)

Investigadores de la Universidad de Exeter (Reino Unido) fueron quienes tomaron muestras de los suelos y concluyeron que la contaminación química en estos vertederos electrónicos, donde el material se retira a mano y se quema para separar los plásticos de los metales, es muy peligrosa: encontraron hasta 100 veces más de plomo del tolerable, un metal dañino para el sistema nervioso; ftalatos, utilizados para ablandar el PVC, que afectan a los testículos en formación, y también altos niveles de dioxinas cloradas, que pueden llegar a provocar cáncer.

Había, además, cadmio, mercurio, antimonio y cromo. “Es la misma situación que ya habíamos detectado en China y en la India, que siguen concentrando la mayor parte de nuestros residuos electrónicos. Pero ahora se han sumado países como Nigeria o Ghana. Incluso hay materiales que se recuperan en África y luego se envían a Asia”, señala Del Río.

La contaminación, según confirmaron los expertos, no sólo afecta al lugar del reciclaje, sino a toda la zona, incluyendo las viviendas de los recicladores. De hecho, los niños chinos que viven cerca de una de estas plantas tienen niveles de plomo en sangre muy superiores a otros menores.

Las partes más buscadas de esta chatarra son el aluminio y el cobre (inserto en los cables), que suelen venderse a los distribuidores locales por precios irrisorios. Los tubos de rayos catódicos de los monitores, sin embargo, acaban pulverizados en el medio ambiente.

Empresas ‘recicladoras’

Pero, ¿cómo llegan estos residuos hasta estos vertederos descontrolados en países en desarrollo? No hay más que buscar en internet para que aparezcan decenas de empresas que se ofrecen como recicladoras informáticas. “Son empresas que ganan dinero con este negocio. En Europa se exige un tratamiento de estos residuos, y por ello existen puntos blancos a los que llevar la electrónica inservible. Pero no siempre se utilizan y buena parte acaban siendo exportados. En Estados Unidos, se estima que entre el 50% y el 80% de lo recogido para reciclar acaba en países asiáticos o africanos”, asegura Del Río. En Europa, añade, los datos no deben ser muy diferentes.

Para la organización, los primeros responsables de este desastre son las empresas fabricantes, que deberían retirar las sustancias nocivas de sus productos y, además, hacerse cargo de su reciclaje para que nunca acaben en el medio ambiente. De hecho, Greenpeace ha elaborado un ranking verde de electrónica, en el que puntúan a las compañías del sector en función de su compromiso ambiental. El último es de junio de este año.

Pero también culpan a las administraciones públicas, que deberían controlar mejor la gestión estos residuos peligrosos, sobre todo porque se trata de una montaña que no deja de crecer, y cada vez lo hace a más velocidad: la vida media de un ordenador es hoy de dos años (en 1995 era de seis) y un teléfono móvil a menudo no alcanza los 12 meses.

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